Cascadas de hielo míticas en Canadá

Las decisiones en esta vida, a veces, hay que tomarlas sin pensar. Simplemente te dejas guiar por las vibraciones, o por las ganas de hacer realidad un sueño.

Así, sin más, empezó. En el interior de un coche, de regreso de un fin de semana de escalada en Lleida, pusimos en común dos personas diferentes las ganas de realizar este viaje, al que pronto, se unieron más compañeros.

La actividad estaba clara, queremos sofocar las ganas de escalar en hielo, el destino también. Nos dirigiremos hacia Banff, pequeña ciudad congelada que se encuentra en el interior de las Rocosas, desde aquí la gran mayoría de las cascadas de Canadá quedan más o menos a mano.

Muchas de las cascadas de Canadá son míticas y conocidas en el mundo entero, por estar en una zona como las Rocosas, por ser el objetivo de mucha de la gente que visita estos lugares, por estar en buenas condiciones casi todo el invierno, y algunas, por suponer una revolución en las técnicas de progresión en la escalada en hielo o en la dificultad, como Polar Circus o Sea of Vapours.

Nosotros no queríamos escalar, nos queríamos hinchar a escalar, y con esa idea empezamos el “entrenamiento”. Esto, no era sino, otra excusa más para salir a escalar a todas horas. Bielsa, Pineta, Gavarnie, fueron los lugares para realizar nuestro “entrenamiento”.

Montado en el interior del avión, y con alguna que otra uña menos en los pies, intento dormir, los recuerdos, como no, sirven para amenizar la oscuridad.

Estoy en el último tramo del largo de una cascada, tan sólo me falta superar un murito tieso para llegar a lo que parece ser un buen sitio para montar la reunión. Llevo ya más de 30 metros y los antebrazos me empiezan a flaquear. Avanzo piano-piano, colocando los tornillos justos, si me detengo…, de repente, al traccionar de uno de mis piolets noto algo raro: La hoja ha cedido!!!!!!.

Con la sien palpitando llego a un lugar en donde la cascada tumba, con la mano temblorosa meto un tornillo y junto con un pequeño abedul monto la reunión.

La verdad es que siempre había escuchado leyendas urbanas: A fulano de tal se le rompió el no sé qué, en no sé dónde, y menudo marrón !!, pero la verdad, no creía en ellas.

No hay nada mejor que vivir estas emociones fuertes en tus carnes para darse cuenta de que todo es posible, hasta es posible, que se te rompa la cruz de tu piolet en mitad de la apertura de una cascada en el Himalaya.

Según dice el cuento de la vieja, si me ha pasado una vez, es muy raro que me vuelva a suceder, ¿no?.

POLAR CIRCUS

Es verdad, la historia que voy a contar a continuación no me pasó a mí, le sucedió a mi compañero.

Eran las tres y media de la mañana cuando nos levantamos. En dos horas, contando quince minutos que perdimos en socorrer a una persona que se había salido de la carretera con su coche, y que llevaba unas cinco horas en su interior a unos -25ºC, estábamos a pie de la cascada.

Sobre las siete de la mañana empezamos a escalar la mítica Polar Circus. Los primeros 200 metros los hacemos rápidos, al igual que los siguientes 150 metros. El terreno es sencillo, sucesión de resaltes y campas de nieve, hasta la base de un resalte más vertical.

Escalando la Polar Circus

Continuamos otros 300 metros, esta vez superando muros más largos y verticales, hasta la base del “pencil”, un chupón muy tieso de unos 40 metros. Este, se encuentra fracturado y es peligroso, imitando a los primeros ascensionistas lo bordeamos dando una gran vuelta, hasta ponernos en la “miga”, los muros de la parte superior.

Hasta aquí todo marcha bien, vamos muy rápidos y tenemos tiempo de sobra, así que nos tomamos con calma los restantes largos de cuerda.

Los siguientes dos largos son más difíciles, realizando tiradas de 60 metros, y consiguiendo un “trofeo” de una cordada anterior que se retiró en este punto.

En los resaltes intermedios de la Polar Circus

Cuando nos ponemos por fin a escalar los dos últimos largos creemos que nada ya puede salir mal, pero en breve, nos damos cuenta de lo confundidos que estábamos. Quedando un largo para terminar esta mítica cascada, observo caer del pie de mi compañero uno de los Crampones que le ayudan a mantenerse en la pared. Atónito vuelvo a revisar lo sucedido, mientras mi compañero se retuerce entre sus piolets para evitar perder el equilibrio.

Los resoplidos y gemidos que provienen de ahí arriba hacen despertar en mí recuerdos ya pasados, e inevitablemente sonrío en silencio mientras intenta poner un tornillo para asegurarse, y poder montar un avalakov.

Una vez en lugar seguro, recuperamos el Crampón, y sorprendidos vemos como se ha partido una de las bridas delanteras que sujetan este a la bota. Con el rabo entre las piernas empezamos un largo y resbaladizo descenso hasta el coche.

Muro inferior de Polar Circus
Muro superior de Polar Circus

WEEPING WALL

En Canadá hace frío, y concienciados con esa idea, iniciamos el viaje para poder disfrutar de ese tipo de escalada que resulta tan difícil de practicar en nuestro país. Ahora, para lo que no estábamos preparados, al menos psicológicamente, era para abandonar la calefacción del coche esta mañana de Febrero.

Habíamos estado durante las dos horas que tardamos en llegar desde el albergue hasta el parking en donde nos encontrábamos, viendo como el termómetro de nuestro coche descendía a medida que avanzábamos por el valle. Partimos temprano de Cannmore y, como de costumbre, el termómetro marcaba sus -18ºC, pero al poco tiempo bajó hasta los -25º C en donde se mantuvo un largo tiempo. Esta situación tan sólo despertó de nuestros cuerpos aún dormidos alguna que otra escueta exclamación tipo: “joder!”.

Escalando los largos superiores de Wepping Wall

A medida que nos adentrábamos en este congelador, los dígitos del curioso aparato empezaron a descender sin tregua, -27ºC, -28ºC, -30ºC, -32ºC.

Despertamos rápidamente y pasamos de la escueta exclamación a un “Me cago en…..”, que repetimos reiteradamente hasta llegar al parking donde nos encontrábamos.

Nadie quería dar el gran paso, acurrucados en nuestros asientos veíamos como la claridad se apoderaba de las montañas. Incluso los rayos de sol tocaban ya algunas montañas, pero el dichoso termómetro seguía marcando -30ºC.

Menos mal que nos sirvió de estímulo que otros escaladores aparcaron junto a nuestro coche e iniciaron los preparativos. Esto sirvió para despertar el “coraje” necesario para abrir la puerta de nuestro coche, y dar paso a un agradable y frío día de escalada.

La muralla de Wepping Wall

La muralla del Weeping wall es espectacular, en la base de esta ancha cascada te encuentras perdido, tus ojos miran a lo alto y a lo ancho intentando saborear este merengue helado. Grandes carámbanos cuelgan de sus muros señalándote peligrosamente. Varias rutas surcan esta muralla, nosotros nos decidimos por la parte derecha.

Tras 10 minutos de aproximación, que no sirvieron para calentar nuestros cuerpecillos serranos, comenzamos a escalar los muros tiesos de esta cascada. Tras casi 60 metros, la primera reunión se monta al cobijo de una gran bóveda de hielo, el siguiente largo es realmente bonito, escalando una especie de diedro helado, se puede superar en un largo de 60 m, o en dos de 30 m, ahora lo que no se puede dividir es la dificultad que tiene, 5-5+.

Wepping Wall, muro inferior

El sol por entonces ya nos daba, cosa que por otra parte agradecimos, bebimos algo caliente y escalamos el último muro. Este es engañoso, parece que no esta tieso, pero amigo no te relajes, sobre todo si lo escalas con hielo podrido.

Tras el descenso en tres rapeles ya montados, nos volvimos a acurrucar en el interior del coche, y durante todo el viaje de vuelta a “casa”, caímos aletargados al confort de la calefacción.

MOONLIGHT

Esta luz de luna nos llevaba tiempo alumbrando en nuestras andanzas hacia las cascadas. Siempre la misma rutina, el sonido del despertador, la misma ropa para escalar, la misma sensación en el cuerpo al salir al exterior.

Menos mal que todo esto cambiaba a las pocas horas, al empezar a escalar.

Escalando Moonlight

Moonlight es una cascada bastante visitada, tiene una aproximación cómoda, no es demasiado difícil, no es excesivamente larga, y a escasos metros de ella encontramos otra cascada, Snow line, de las mismas características, que hace de este lugar un sitio muy completo, pudiendo escalar dos cordadas simultáneamente a muy poca distancia.

Como de costumbre llegamos pronto, hicimos la aproximación cómodamente por una pista de esquí de fondo, para desviarnos por una pequeña senda, paralelos al río hasta el pie de las cascadas.

El sol daba con fuerza en la pared y crecido me metí en el primer largo con poca ropa. El hielo estaba duro y quebradizo, en ocasiones peligroso, y grandes bloques caían hacia mi compañero. A medida que voy avanzando me encuentro con la rara visión de ver la reunión montada en el hielo, y no precisamente con avalakov. Al llegar observo la reunión, dos tornillos de hielo, tres mosquetones de seguridad y una cinta plana. Sonriente por mi nuevo material suelto en voz alta la mítica frase: “Material abandonado, material recuperado”, dando a conocer a los de abajo el nuevo hallazgo.

Mientras el compañero asciende me van preocupando dos cosas. El sol que se ha ido y que parece que no va a volver, todavía quedan dos largos más, y estoy demasiado fresco. Y el gran remordimiento de conciencia al ver el material nuevo.

Cuando mi compañero y yo nos encontramos en la reunión charlamos largo y tendido sobre el material, y decidimos dejarlo, convencidos de que era algo normal en las cascadas más clásicas y que todo el mundo lo respetaba, “En estos países serán así”, pensamos…

Dejamos el material en su sitio y continuamos con el día.

Al descender conversamos con otros escaladores que iban a hacer la misma vía que nosotros, e ingenuos no le comentamos nada sobre la equipación de la vía.

Yo no sé demasiado inglés, pero los gritos que escuche en la lejanía si los tuviera que traducir dirían algo como “material abandonado, material recuperado”.

PROFESSOR FALLS

Amigos esto no son los Pirineos, es Canadá.

A esta conclusión llegamos al levantarnos a las cuatro de la mañana y ver desierta la cocina comunitaria de nuestro albergue. Nos había ayudado sin duda el cambio de horario, era el segundo día que estábamos en Canadá y queríamos escalar.

Acostumbrados a los madrugones de fin de semana que hay que hacer en nuestra península, nos levantamos temprano para escalar la primera de nuestras cascadas, Professor Falls.

Escalando uno de los muros de Profesor Falls

Ésta es el primer objetivo de muchos de los escaladores que visitan estos valles y sirve como puesta a punto para otras de mayor dificultad. Desde la carretera de Cannmore a Banff es muy visible, claro, que los ojos se te van hacia las cascadas que cuelgan del “Mount Rundle”, las míticas Sea of Vapours, The Terminador y The Replicant.

La aproximación para estas cascadas es la misma, dando un gran rodeo por una pista congelada que sale desde el mismo Banff, hasta encontrar un pequeño sendero que se adentra, paralelo al río, por el tupido bosque.

La imagen del amanecer sobre estos paisajes era espectacular, pero lo verdaderamente sorprendente era ver como del río emanaban columnas de humo. Y no es de extrañar, la máxima para hoy era de -12ºC.

Llenos de escarcha empezamos a escalar los primeros largos de esta cascada fácil y disfrutona.

Profesor Falls

Los primeros pioletazos en Canadá fueron sorprendentes, el hielo lejos de estar quebradizo y duro, como se cabía esperar con estas temperaturas, estaba esponjoso y fácil de hacer, incluso en algún resalte se permitía el lujo de chorrear. La cascada nunca llega a ser excesivamente mantenida, ya que entre los numerosos resaltes hay campas de hielo, por eso, es la gran mayoría de las veces, la cascada idónea para entrar en contacto con el frío hielo de Canadá.

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