Sur de la Abadías: Diedro Merlín; Norte de Margalida: Directa Orión; Rusell: Gran Diedro; 28 horas non stop

Por: Curro González, sobreescalada.com

Nadie puede negar que las actividades que realiza Jonatan García son al menos sorprendentes, cualquiera que tenga un mínimo de experiencia y conocimiento de lugar, rápidamente se percatará de que éstas, son poco comunes y están al alcance de muy pocos.

Modestamente él dice que su fuerte no es el físico, si no su cabeza (de mentalidad positiva, motivante e inquebrantable), pero ya os digo yo, que este tipo, está al menos, fuerte.

Jonatan escalando en la norte del Margalida. Foto: C. González

Un día, delante del ordenador (en pleno calentón de motivación), maquiné la posibilidad de enlazar varias escaladas en las diferentes paredes alrededor del macizo del Aneto. Estas escaladas se desarrollaban en grandes y conocidas paredes, donde un escalador con cierta gana de aventura, emplearía una larga jornada en escalar una de ellas, la idea consistía en escalar las tres escaladas en el menor tiempo posible (sin prisas, pero sin pausa).

Inmediatamente después de mi genial idea, me vino a la mente el compañero perfecto para esta extraña actividad (encontrar amistades para estas actividades es casi imposible, y si lo consigues, después de realizarlas, dejan de serlo), Jonatan García, que aceptó inmediatamente la propuesta y me lanzó el guante con una exigencia: «Haremos la aproximación en bicicleta».

Yo, que soy de gatillo fácil, acepté la propuesta sin pensarlo, de esta manera la actividad quedaba zanjada verbalmente; Jonatan García (el jabalí de Benasque) y Curro González (el Malandar de Moratalaz), intentarían dicha osadía.

Tras hacer malabares para concretar un día, por fin conseguimos alinear los astros, el tiempo era excelente, no podíamos haber deseado mayor suerte.

-«Macho, si no lo hacemos, es porque somos unos paquetes»

Esta frase lapidaria de Jonatan, se sumó a la pequeña presión que me imponía para estar a la altura de la actividad y del compañero, evidentemente él estaba mucho más fuerte que yo, además, yo casi no había entrenado en el último mes debido a una caída en bicicleta (que me había fisurado las costillas) mi cota habitual de entrenamiento son los dos mil metros y no los tres mil, y un largo etcétera que me guardaba en la chistera de excusas perfectas, para cuando el cansancio invadiera mi cuerpo (menos mal que finalmente me encontré medianamente bien y no hice amago del uso de ellas).

Delicada aproximación al pie de vía de la norte del Margalida. Foto: J. García

Partimos a las 2.30 de la mañana (una serie de malentendidos hizo que no saliéramos a la hora prevista, las dos) montados en nuestras bicicletas en dirección al Refugio de Pescadores del Valle de Valliberna, el ritmo de ascenso en este primer tramo, tras los momentos de tensión al no encontrarnos en el lugar citado, era bueno. La adrenalina y el ansia por comenzar la aventura aceleraron el ritmo de ascenso, la humedad y el anormal calor, hicieron que rápidamente sudáramos de una forma desmesurada.

Pese a todo, llegamos en el tiempo estimado al refugio, candamos las bicicletas en el árbol habitual de Jonatan y comenzamos el ascenso a pie hacia el collado de Aragüells, desde donde emprenderíamos una larga media ladera en busca de la base de la cara sur del pico Abadías.

Cara sur del pico Abadías. Foto: C. González

Pronto me di cuenta de que a Jonatan no le puedes animar mucho con el ritmo, como le achuches un poco, continúa y continúa, el cabrón no tiene fin. Así que decidí adoptar un estrategia usada en mis años de atletismo, aún con fuerza, me mantendría por detrás de él, a una distancia prudencial, de esta manera no avivaría a Jonatan y yo, conservaría durante algún tiempo más, la valiosa energía (tras varias horas más y algunos miles de metros acumulados, la estrategia se fue a la mierda y pase al modo «al tran-tran«).

La cara sur del pico Abadías es una farallón de roca espectacular, el pequeño nicho en donde se encuentra irradia magia y las vistas y el silencio son sobrecogedores. De la multitud de líneas que recorren la pared elegimos el Diedro Merlín (240 m, V+), una elegante línea que transcurre por el marcado diedro de la parte superior del margen derecho.

En el diedro Merlín. Foto: J. García

Se podría decir que el trazado es lógico, es una vía rápida y la roca en general es de calidad, así que tras el buen consejo de algunos de los integrantes del GREIM, nos decantamos por ella. La primera sección de la ruta (compartida con la vía Catalunya) tiene algún seguro fijo, más tarde se encuentra totalmente limpia.

Eran las 11:30 de la mañana y nos encontrábamos en la cumbre del Pico Abadías, se podría decir que la primera sección de esta actividad, la habíamos realizado dignamente. Esto nos daba fuerzas y nos hacía afrontar la segunda sección, la más compleja, con mucha motivación.

La Cara Norte del Margalida. Foto: C. González

La transición entre la cumbre del pico Abadías, y la cara norte del Margalida no la teníamos muy clara, estábamos casi seguros de que se podría realizar sin perder mucha altura, pero el estado del glaciar del Aneto (prácticamente en hielo vivo) y la incertidumbre de no terminar con éxito nuestro proyecto, nos hizo decantarnos por una opción más conservadora. Descendimos por una pedrera interminable hasta el collado de Barrancs y de allí, al fondo del valle, de esta manera asegurábamos el poder continuar, amén de incrementar el desnivel positivo de aproximación a pie de vía.

La cara norte del Margalida no tiene nada que envidiar a la cara sur del pico Abadías, de nuevo encontramos un pequeño nicho con una tétrica y atrayente aura, la panorámica: inigualable. Su base está defendida por un mermante glaciar que se resiste a desaparecer, enseñando su garra a base de pequeñas grietas y una inquietante pendiente de nieve dura, hasta el inicio de la ruta.

En uno de los largos clave de la Directa Orión. Foto: J. García

De todas las escaladas, esta era quizá, la que más ganas tenía de realizar, y sin duda la que más me atraía. La ruta elegida fue la Directa Orión (300 m, V+), estética línea que aprovecha el sistemas de fisuras y diedros, mantenida en el Vº (grado ochentero), de roca delicada en muchos tramos, pero de calidad en las zonas más difíciles (un flanqueo expuesto y delicado; y un espectacular diedro fisurado, que se escalaba mediante cerrojos de dedos).

La escalada de esta ruta se extendió en el tiempo más de lo deseado, no es una escalada para correr y hay que prestar atención, además no la conocíamos ninguno de los dos.

En la cumbre del Margalida. Foto: J. García

En la cumbre del Margalida nos dimos cuenta que el resto de la actividad la realizaríamos de noche nuevamente, al menos llegaríamos a la base de Rusell con algo de luz. De nuevo, la aproximación a la base se realiza por una tortuosa escombrera por donde pasaríamos prácticamente en dos ocasiones, en la aproximación y en el descenso.

El gran diedro (240 m, V+) del pico Rusell se ha convertido en una clásica del Pirineo, es una amable y divertida escalada de reuniones equipadas y rapelable, no sé puede pedir más. Se libra de la masificación por su larga aproximación, que sirve de filtro para aquellos con pocas ganas de aventura, pese a ello, la ruta se repite con asiduidad.

En la cumbre del Rusell. Foto: J. García

La noche cerrada nos aguardaba en la cumbre del Rusell, habíamos conseguido escalar las tres rutas, pero aún quedaba regresar al punto de origen. Descenso complicado hasta la base de nuevo (menos mal que Jonatan se conoce muy bien todas esta zona), de nuevo una pedrera infernal y un largo camino (amenizado por un extraño objeto volador que seguía nuestros pasos) que tomamos con calma, hasta el refugio de Pescadores.

Con las primeras luces, llegábamos de nuevo a Benasque en nuestras bicicletas.

+3.400 metros, 48 km, 28 horas.

Tras 27 horas aún sonreímos, momentos antes de descender en nuestras bicicletas. Foto: J. García

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