Escalada en las Agujas de la Cabrera, Cancho del Águila. El placer de escalar

Por: Carmen Marchena y Curro González, sobreescalada.com

La entrada de hoy, dista mucho de lo que se podría denominar, una entrada al uso (en donde os comento a través de un texto y alguna imágen, de más o menos calidad, mis impresiones). Quizá el formato y el tema a tratar que a continuación os presentamos, debiera ser el correcto, pues tras leer las diversas líneas de las que se componen este texto, obtendréis una amplia información de la actividad propuesta con todo detalle.

La percepción es la forma en la que el cerebro interpreta las sensaciones que recibe a través de los sentidos para formar una impresión inconsciente o consciente de la realidad física de su entorno. Como todos sabéis, esta interpretación puede variar en función de muchos parámetros: estado emocional, condición física, aspectos ambientales, experiencia, adaptación al medio, etc.

De otra manera, la subjetividad de los grados de dificultad en la escalada, es sobradamente conocida por todos nosotros. Estoy seguro, que en algún momento de nuestra vida como escaladores hemos pensado: «Este lo flipa».

Curro González en el primer largo. Foto: Carmen Marchena

Pues bien, os presento un experimento que hemos decidido realizar (tras escalar en las Agujas de la Cabrera) Oli y yo. Se trata de un experimento sencillo, tan solo os vamos a explicar la vía de escalada de hoy, cada uno de nosotros. Eso sí, no vamos a leer el texto del contrario hasta que esté listo para publicar, de esta manera no nos veremos influenciados por lo que escriba cada uno.

Para que el experimento fuera cien por cien fidedigno, necesitaríamos aún, otro texto más de Óscar Nieto (la cordada estaba formada por tres escaladores), pero conociéndole un poco, es sencillo suponer, que éste piensa muy similar al que suscribe.

Toma 1, Curro González

Bonita y audaz línea (algo sucia) que os deparará largos de escalada muy buenos, no os dejéis engañar por los grados amables propuestos en la reseña, la ruta tiene carácter y hay que escalar (aunque para nada es obligada).

La ruta comienza en el balcón que existe justo debajo del marcado espolón de la Peña del Águila, a la izquierda de la conocida fisura del Capitán Pinzas. El primer largo transcurre por una microfisura de dedos que rasga la placa, para más tarde ascender por una fisura más ancha, el largo es muy bueno (algo sucio).

Reseña de la ruta. Fuente: viaclasica

El segundo y tercer largo se empalman sin problemas, quedando una tirada muy buena. La primera parte ataca una vertical fisura fina (bastante más dura que el grado propuesto, 6b) con algo de suciedad, para más tarde escalar una larga fisura (bastante más fácil que el grado propuesto, V+) hasta un gran Alcornoque.

El siguiente largo es una trepada sencilla hasta la base del torreón final, para ascender éste por un curioso largo, de roca pobre (de dificultad variable según por dónde lo escalemos el Off-Width).

Una línea recomendable (que necesitaría algo de limpieza), pero que merece la pena ser repetida, una buena apertura de José Maya.

Toma 2, Carmen Marchena

Está claro que la subjetividad, el prisma y los filtros que cada uno de los seres humanos aplicamos a la hora de relacionarnos con nosotros mismos y el medio que nos rodea, hace que la realidad, en sí misma, como tal, apenas exista. Como no voy a entrar en pormenores de física cuántica, lo vamos a dejar en que cada uno percibe la realidad como quiere o como puede. En mi caso, a la hora de escalar y haciendo lo que hago y con quién lo hago, como puedo.

Nos deparaba un maravilloso día de escalada clásica «a tres», y aunque alguno se sorprenda, a mi ya me iba apeteciendo acercarme a las agujas de Valdemanco o de la Cabrera para ascender alguna de esas vías «no comerciales» que tanto gustan por estos lares, y hasta me iba apeteciendo atreverme a «meter» algún que otro «cacharrito» si algún largo se dejaba, de primera, aunque esto pueda sorprender más aún, pero es que quizá una le va cogiendo el gusto a estas pequeñas «aventuras» del día a día en soledad y con solera.

Qué ilusa fui…»El placer de escalar» le llamaban, y yo tan feliz, hasta que fuimos acercándonos con el coche a un sendero de aproximación a la pared que desconocía. Todo era idílico hasta que empecé a recordar por qué unas vías son comerciales, y otras no. Y es que a medida que el idílico sendero fue transformándose en una escalada-trepada ya en sí misma, la cosa, el día, ya empezó a tomar ese color añejo de que por aquí no pasan ni los buitres…

Como decía, después de algunos saltos, trepadas, miniescaladas, sustos y demás, llegamos por fin a pie de vía y he reconocer que hasta Ponyo podía quedarse allí esperando con comodidad y sombra. Sin embargo, fue cuando miré hacia arriba y como se desarrollaba la cosa en la pared en el primer largo, que me pregunté una vez más como tantas otras: ¿qué hago yo aquí?

Llegando a la última reunión. Foto: Óscar Nieto

Como ya me lo sé, callé para mis adentros y empecé a ponerme el arnés y demás, sabiendo o quizá queriendo saber que al final, si o si iba a escalar, y además hasta días después recordaría este momento lleno de miedos e incertidumbres, con placer y alegría.

Primer largo, 6a+ (miedo me da) y no veo ni pies ni manos!! pero dejo a Curro que transite, que seguro que hay más de lo que parece. Y como siempre, de escalada impecable y pies adherénticos, empieza a subir con dificultad por una fisura que parece mejor desde abajo de lo que realmente es. La vía está llena de musguitos y líquenes que yo voy catalogando, además de arbolitos que crecen justo donde tienes que agarrarte, amén de una pedazo de roca suelta que hay que coger sí o sí, pero que claro, no se puede tocar. Veo que Curro piensa y piensa, le encuentra sentido a que nadie haya quitado ciertas ramas, porque es imposible pararse. Luego va Óscar que repite una y otra vez, «pues menos mal que no he venido en solitario» y otras palabras en arameo que no entendí bien. Y allá fui, primer largo, 6a+, no lo voy a ocultar, para no retrasar al personal, porque seguro que nos pillaba la noche, todo en artificial…vamos, que toqué la fisura por equivocación y levité en la roca que se movía. Los tecnicismos, pasos y demás seguro que ya los habrá explicado el de arriba.

Segundo largo de infarto (sobre todo para el primero), 6a (y me da la risa), porque para mi era mucho más duro, y sin embargo, a pesar de la exigencia, me gustó mucho, muy fino, pero saldría mejor en una segunda repetición. La segunda parte del largo, que en realidad era el tercero, ya era más normal, siempre y cuando no te den miedo estas fisuras tan aéreas, pero he de decir, que fue el tramo más bonito.

Y llegamos a una repisa la mar de cómoda, después de que Óscar tomara el relevo para afrontar el último largo. Yo me coloqué algo escondida, no podía ver la escalada. Curro me dijo que la vía tenía un punto de escape justo donde estábamos, por si quería dejarlo ahí. «No, no, de ninguna manera» aquello estaba vertical hasta poder alcanzar la canal de bajada y el terreno era un tanto arriesgado, prefería escalar y terminar. Pero a medida que iba escuchando los comentarios de la ascensión de mi compañero, empecé a pensarme lo del escape…y dicho y hecho, me puse las zapas y dije «hasta luego» y me aventuré a hacer algo que no había hecho jamás, bajarme sola de allí, teniendo en cuenta que cuando hago una vía de pared, por muy dura que sea, siempre me sobrecoge el cómo vamos a descender…

Y descendí, por un lugar que no debe descender nadie un poco cuerdo, mientras el helicóptero de rescate me sobrevolaba a saber por qué. Aprovechando la perspectiva, esta vez visual, que no emocional, les saqué a los dos una foto en la impresionante aguja del último largo, eso si, no se les ve!

Dos cascos asoman en la última reunión. Foto: Carmen Marchena