Correr sin dorsal, la maratón de la Cabrera/Bustarviejo

Hay algo curioso, quizá hasta contradictorio, en la manera en que hemos transformado el acto más primario de todos: correr.

Lo que por milenios fue una extensión natural del cuerpo, una herramienta de supervivencia, incluso una forma de juego, hoy parece necesitar dorsal, arco de meta y una bolsa del corredor para tener sentido.

Las carreras de montaña, sobre todo, se han ido transformando en un festejo. Es común verlas convertidas en eventos masivos donde la línea de salida se parece más a un concierto que a un momento de introspección física.

Se corre entre aplausos, música, fotógrafos y una energía colectiva que empuja, sí, pero también envuelve.

Y en medio de ese ruido surge una pregunta incómoda: ¿corremos porque queremos correr o porque queremos formar parte de algo que nos haga sentir que merece la pena hacerlo?

La moda tiene esa silenciosa manera de apartar lo esencial…

Sin saberlo, convierte lo sencillo en algo que necesita aprobación ajena. Correr ya no es un gesto instintivo, sino una experiencia empaquetada, calendarizada, medible en tiempos y recompensada con objetos.

La medalla, brillante y fugaz, parece resumir todo el esfuerzo en un símbolo que pronto termina olvidado en algún cajón. ¿Qué importa ese metal frente a la experiencia íntima de la actividad?

Quizá lo más llamativo no es la masificación sino la necesidad de ella. La idea de que para encarar algo tan sencillo y a la vez tan profundo como correr, necesitamos estar rodeados de miles de personas. Como si la soledad restara valor, cuando en realidad es ahí donde pasa lo esencial.

Porque correr solo en la montaña es otra cosa. No hay aplausos, no hay referencias externas, no hay distracciones.

Sólo estás tú, tu cuerpo y la montaña. Cada paso es una negociación interna y cada subida un diálogo con tus propias fronteras.

No hay público que celebre el esfuerzo, pero tampoco que lo maquille. Lo que queda es más honrado: la plena consciencia de estar haciendo algo por y para uno mismo.

Y cuando acabas, no hay medalla. No hay fotografía oficial. Sólo una sensación difícil de explicar, una mezcla de cansancio, calma y una especie de orgullo mudo.

La recompensa no es para colgarse al cuello, se queda dentro. Es ligera, pero resiste más.

Te dejo el Track por si te animas

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