

Por: Curro González, sobreescalada.com
Hace ya algún tiempo (diría yo que bastante), cayó en mis manos un panfleto publicitario de una marca de montaña muy conocida por entonces.
El producto publicitado en sí no me sedujo lo suficiente (por entonces yo portaba en mis actividades el conocido saco de dormir «Ferrino Mk20» y tampoco disponía a mis 17 años de solvencia económica para plantearme utilizar otro); lo que me dejó fascinado era lo que contenía y plasmaba en su interior.
Nada más y nada menos que las «Seis caras norte de los Alpes«.
Ramón Portilla, figura del montañismo sobradamente conocido y admirado por mí, era el que, mediante el intento de la realización de cada una de estas caras norte, daba peso a este material publicitado.
Os puedo asegurar que guardé como «paño en oro» aquella información; de hecho, pese al tiempo transcurrido, aún la conservo como marcapáginas en las guías de escalada de Alpes.
Con el transcurso del tiempo, he tenido la suerte de poder escalar alguna de ellas con diferentes compañeros, aunque aún guardo la espinita de poder llegar a completar todas y cada una de ellas.


Una de las «Seis caras norte» se encuentra en Dolomitas, en la famosa y temida cara norte de la Cima Grande di Lavaredo. Un impresionante muro vertical que acongoja desde la distancia, pero que al acercarte, asusta.
La característica roca dolomita, la verticalidad que en ocasiones roza el desplome, el tacto, la humedad, el frío, el vetusto aseguramiento, el sombrío paisaje… Todo se une para recibirte en los cerca de 600 metros de desnivel de escalada; solo hay que armarse de valor e intentar disfrutar.
Recuerdo con especial cariño esta escalada, con el cariño que proviene de la pérdida y la ausencia que produce la muerte. Carlos Tormo amigo y compañero no sólo en esta actividad, si no en infinidad de escaladas y esquiadas, se fue a otro mejor lugar a escalar hace ya algún tiempo.
Nos levantamos pronto, un hecho que nos otorgaba cierta ventaja sobre otras cordadas y a no pagar en la entrada al parque. Ya conocíamos el camino, llevábamos 10 días escalando todas las clásicas del lugar, así que aunque esta no tiene pérdida, fuimos a «tiro hecho«.
En la pendiente pronunciada que da acceso a pie de vía, recibimos una metralla de piedras proveniente de la cumbre. El sol estaba acariciando las rocas y éstas se despertaron; lo mismo nos sucedió a nosotros, despertamos rápidamente. Había que estar atentos.
Tenemos solamente una cordada por delante; de hecho, no hay más personas. Sin duda, la previsión del tiempo de esta última semana ha hecho que los escaladores se lo piensen. Ni un solo día de buen tiempo; nos llovió, nos nevó y el viento nos azotó, pero escalamos todos y cada uno de los días que anduvimos en el valle.
Nos repartimos la vía en dos partes; yo escalaría todos los largos hasta donde acababan las dificultades. Y Carlos tomaría las riendas hasta llegar a la cima, en los largos considerados fáciles. No os dejéis engañar por este hecho; podrían ser de menos dificultad, pero era en donde se concentraba la esencia de la escalada en Dolomitas. Roca descompuesta, largas travesías, cascadas de agua en las chimeneas y sin un solo seguro fijo.
Por otro lado, yo estaba obcecado en escalar la vía íntegramente en libre, ya que la considerada parte difícil cuenta con numerosos puntos de aseguramiento y la dificultad rondaba el VII (ese extraño grado de estos lugares).


En uno de los largos más espectaculares, duro y fotogénicos de toda la vía sucedió algo:
- Buff, Carlitos al loro, ¿estás conmigo?
- Si niño…
- Buff, buff… un paso más…Giro la cabeza en dirección a él y observo a Carlos asegurándome desde aquella pequeña repisa; la mano derecha se alzaba al aire sosteniendo la cámara fotográfica, la izquierda sujetaba un cigarrillo humeante, y a la vez, la cuerda inactiva que salía del sistema de aseguramiento…. Una gran comba de cuerda se precipitaba al vacío….
- …..
- ¡No jodas !, no te agarres…
El resultado fue este:

La ruta en sí no tiene pérdida, recorre el sistema de diedros y fisuras más evidentes que surcan la pared (cordinos y clavos adornan la roca). En lo único que deberemos prestar atención es en hacer una larga travesía aérea hacia la izquierda cuando la chimenea se hace más ancha en la parte superior.
El descenso es algo complejo; una vez en la cumbre (por donde podemos acceder trepando desde el final de la feixa), deberemos realizar todo tipo de destrepes y rápeles. Está marcado, pero no bajéis la guardia porque os podéis «enmarronar«.
Tras pasar una larga temporada en el valle, decidimos ir a escalar otra del norte, el Piz Badile. Pero eso es otra historia.

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