Donde el silencio se queda

Por: Curro González, sobreescalada.com

A los cincuenta, la vida se empieza a parecer a ese paisaje que queda después de la tormenta. Un escenario inmenso, tranquilo, donde unas cosas se ven claras y otras siguen borrosas, escondidas entre la niebla.

Él ya no pierde el tiempo mirando atrás para buscar respuestas. Ahora solo mira, sin más. Supongo que a esta edad uno aprende que no todas las pérdidas necesitan una explicación y que hay personas que aún estando lejos, siguen ocupando un lugar dentro de uno.

En sus cincuenta años ha conocido amores, desamores, despedidas y algún regreso. También esa clase de persona que te cruzas una sola vez en la vida. No habla de alguien perfecto, ni de una historia fácil. Habla de quien fue capaz de ver lo que casi nadie ve: ese lado suyo que no enseña a nadie. Ese que guarda detrás de la distancia, de sus silencios y de esa manía tan suya de aparentar que no necesita a nadie para seguir adelante.

Siempre fue así: un tipo distante.

«Entrelazamiento cuántico». Foto: C. Marchena

No es por falta de sentimientos. Es porque aprendió hace mucho a no mostrar, a observar desde lejos y a marchar antes de que alguien descubriera lo mucho que le importaba.

Por eso, si alguna vez mantuvo con alguien contacto estrecho o dejó que entrara en sus rutinas, en sus pensamientos y en esos rincones que nunca comparte, fue porque decidió que esa persona de verdad valía la pena.

Hay personas que dejan huella sin hacer ruido. No llegan para cambiarlo todo de golpe ni necesitan grandes promesas. Solo están ahí. Se van haciendo un hueco en su vida, despacio, como la nieve que cubre la tierra hasta que uno olvida qué aspecto tenía todo antes de la nevada.

Y un día, faltan.

Ahí aparece el silencio. Un vacío que no es exactamente soledad, pero se le parece demasiado.

Luego pasan los días. Uno tras otro.

«Siempre me llega tu brisa». Foto: C. Marchena

Dicen que la vida sigue, pero es mentira. A veces no sigue. A veces solo pasan las horas y uno aprende a caminar con ese peso. Pero hay ausencias que no desaparecen; solo dejan de ocupar el centro.

Como una montaña envuelta entre la niebla.

A los cincuenta ya no le hacen falta los finales felices. Le basta con saber que lo que vivió fue de verdad. Que alguien logró romper sus muros. Que hubo charlas que le salvaron los días más oscuros. Y que si algunas pérdidas dolieron tanto, fue porque lo que tuvo mereció la pena el viaje.

Hay recuerdos que no se marchan. Solo se quedan un paso por detrás. Entre la niebla. En ese silencio donde a veces gusta perderse de vez en cuando.

En el lugar donde el silencio se queda.

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