Rocódromos de siempre.

Como otros muchos, yo he sido de aquellos escaladores que empezó a escalar hace ya unos cuantos añitos. Bastantes diría yo, aunque si los comparamos con aquellos aguerridos escaladores de “antes”, estoy en pañales.

Siempre me han dado mucha envidia aquellos que disfrutaron de ese tiempo en donde estaba todo por descubrir, que vivieron la ya antigua evolución de entre épocas.

Una evolución que cambió el concepto de la escalada en sí, ya que se replanteó de nuevo, los límites de lo establecido anteriormente. Y pese a estar envuelto ahora mismo en lo que parece ser otra gran evolución de este deporte, ésta no me apasiona tanto, ya que va dirigida más a llevar al máximo nivel todo lo anteriormente vivido por aquellos aguerridos escaladores y no a buscar apasionantes y originales nuevos retos.

Por supuesto hay excepciones, pero el salto mortal ya se inventó, ahora es a ver quién hace el triple salto mortal. No sé si me entendéis.

Aunque pude ver de reojillo aquellos tiempos, he incluso he tenido la suerte de haber compartido cuerda con alguno de aquellos aguerridos escaladores, no me puedo considerar ni mucho menos de aquella época o partícipe de aquello que tanto me hubiera gustado vivir.

De la misma manera que las mentalidades, las técnicas y el material han sufrido una evolución radical, lo han hecho también aquellos lugares en donde se pasaba el rato para “entrenar”, los rocódromos.

Es alucinante como han evolucionado estos lugares.

Yo siempre he sido de ir a la cuesta de la Vega, al muro de la Vaguada, a la calle Josep Pla o de la revolucionaria “seta” de la Complutense. Y por supuesto, desde hace ya muchos años, del rocódromo de Manoteras.

Lugares al aire libre, en donde nos juntábamos más o menos los de siempre. Pintillas y muy Pintillas, pero buena gente. En donde no sólo se “rulaban” los pasos de travesía o bloque y en donde no faltaban las botellas de cristal para hidratarse.

En la cuesta de la Vega hace muuucho tiempo

Donde si hacía frío te jodías y apretabas, donde se respetaban los merecidos galones de los más longevos y donde la recuperación de la sesión se hacía en la calle a base de largas y motivantes conversaciones.

Siempre me han gustado estos lugares y lo que han significado. Y por supuesto prefiero estar aquí, al aire libre y entre los destartalados muros y las antiguas presas sikadas, a esconderme en el saturado confort que ofrecen éstas, cada vez más abundantes y evolucionadas instalaciones.

Es por ello que me ha parecido justo recalcar la gran labor que están llevando a cabo algunos escaladores en el rocódromo de Manoteras. No sólo de mantenimiento y conservación, si no también, haciendo un esfuerzo para perpetuar estos olvidados iconos de la escalada.