Himalaya. Cascadas de hielo en el Annapurna.

A la edad de 20 años se pueden encontrar muchos tipos de personalidad e igualmente muchas formas de ser. Algunas más infantiles y otras algo más maduras, yo creo que era de estas últimas. A los 21 años me independicé y vivía trabajando de lo que me gustaba y siempre había soñado, de la montaña.

Con 23 años tuve la suerte de visitar por primera vez en mi vida el Himalaya, junto a Óscar Morales, Chus Lago y Miguel Ángel Vidal. Este viaje, sin saberlo, iba a ser la antesala de una nueva era para mi. Una nueva visión del mundo y de las posibilidades que me ofrecía para crecer como persona y como escalador.

Ese mismo año, movido por unas enormes ganas de descubrimiento y exploración, regresé de nuevo a las grandes montañas. Al Pamir, en donde participé en una expedición al Pico Lenin 7.135 metros.

Desde entonces no hubo tregua.

Óscar, Chus y Miguel en un descanso en la aproximación

A continuación os dejo un relato de aquel viaje al Himalaya:

“Katmandú, la capital de Nepal, es un museo vivo capaz de dejar perplejo a uno en cada callejuela. Durbar Square, Swayambhunath, Pashupatina o Boudhanath, son tan sólo lugares que el turista esta “obligado” a visitar. Pero el principal encanto de esta ciudad es observar la agitada vida que llevan sus habitantes por las calles estrechas y ruidosas. La capacidad de los taxistas para coordinar la conducción temeraria, el toque de claxon y la recepción de posibles clientes era y sigue siendo, un secreto para mí.

Tras pasar noche en Thamel, el barrio de las compras, partimos al día siguiente  en un destartalado autobús hacia Besisahar. Son 120 Km subiendo y bajando puertos y circulando por estrechas carreteras que, bajo mi punto de vista, no dejaban mucho margen de error. Es Enero y el paisaje, de color  ocre, espera la llegada del Monzón para vestirse de tonalidades verdosas.

Después de 5 horas de viaje llegamos a nuestro destino. Era la hora de comer y nos estábamos instalando en nuestro lodge. Descansar, pasear y contratar a los porteadores era todo lo que teníamos que hacer en el resto de día.

Nos despertamos al amanecer e iniciamos la marcha. Las primeras horas, hasta Khundi, transcurrieron por una pista de tierra. Nos acompañaba muy de cerca el río Marsyangdi y, no tan cerca, en la engañosa cercanía, el Manaslu II, un ochomil bajito. La pista de tierra se convirtió en un estrecho camino que iba sorteando el río de  orilla a orilla con puentes colgantes y que atravesaba pequeñas aldeas. Por fin, al cabo de unas 7 horas incluyendo paradas y la asistencia a una boda, llegamos a Bahundanda en donde íbamos a pasar la primera de nuestras noches en la montaña.

 Los pocos días que íbamos a estar por estos parajes nos obligaban a hacer esta parte del Trekking del Annapurna a toda máquina, así que al día siguiente nos despertamos temprano, desayunamos nuestros habituales huevos y  chapatis, y partimos prosiguiendo el camino. Descendimos de la colina en la que se encuentra Bahundanda para llegar otra vez a las orillas del río, al que llegaban desde las alturas grandes aportes de agua en forma de cascadas (por desgracia aún no estaban congeladas). El camino se empina a medida que el valle se encajona más y más, y el Marsyangdi se va perdiendo en las profundidades de las paredes verticales hasta que tan sólo se sabe de él por el ruido que produce. En estas cuestas no sólo sufrimos nosotros, las caravanas de burros son abundantes; también los porteadores del estado circulan por estos caminos transportando en sus frentes casi todo lo imaginable.

Tras 6 horas de andanzas y una cuesta interminable, amenizada por las pequeñas plantitas de marihuana que crecían espontáneamente entre las piedras, se llega a Tal. De aquí en adelante el valle se abre repentinamente y nos enseña las primeras cumbres de 5.000 metros. Tal es un pueblo que se encuentra a las orillas del río, en el antiguo emplazamiento de un lago, de ahí su nombre (Tal significa lago en indi).

Annapurna

Tras pasar una fresquita noche y desayunar nuestro menú cotidiano, partimos una vez más por la mañana temprano. El paisaje cambia repentinamente, el bosque de pinos empieza  a tupir las laderas, se empiezan a divisar las primeras nieves en las cumbres, y los pequeños charcos… ¡¡¡están helados!!! El frío se empieza a sentir en el cuerpo a medida que se acerca el atardecer y la nieve por el camino empieza a ser frecuente. Llevamos aproximadamente 8 horas y traspasamos las puertas Kani de Chame. Los primeros en recibirnos son unos niños montados en sus trineos caseros que deslizan por la nieve transformada. Más adelante nos vamos adentrando en toda una pequeña ciudad situada a 2.800 m. En ella podemos encontrar un banco y tiendas en donde comprar comida y demás.

Después de tres días de aproximación, tan sólo habíamos visto unos pequeños charcos congelados en el suelo y Chus y yo empezábamos a dudar de que encontráramos esas cascadas que habíamos visto en las fotos de José Ramón. Mientras, Miguel y Oscar, con experiencia ya en cascadas en el Himalaya, nos intentaban dar ánimos.

Las nevadas visten de blanco a las montañas

Otro día más y otro desayuno más a base de huevos. Después de acicalarnos un poco en las aguas termales que había cerca de la lodge,  partimos temprano por el bosque de pinos, por un camino agradable y llano. Las vistas son preciosas. Al otro lado del río, entre los pinos, surge el Lamjung Himal 6.931 m. y un poco más a la derecha, el Annapurna II 7.937 m., además vemos resurgir de entre los muros del río los primeros chupones de hielo. Justo antes de llegar al pueblo de Bharthang, a unos 45 minutos de Chame, se divisa la parte superior de una gran cascada. Una vez en el poblado ya no cabe duda: es el “velo de novia”, una de las cascadas que aparecían en las fotografías que nos entregó José Ramón. Su longitud aproximada es de 250 m. y con secciones de 90º. La única pega es que para acceder a ella tendremos que escalar una parte rocosa de unos 30 m., ya que no llega hasta el suelo. La aproximación se nos antoja fácil, pues un viejo puente cruza el crecido río, y lleva a las ruinas de un antiguo asentamiento Khampa. El descenso… bueno, eso ya se vera.

A pocos minutos de Bharthang, a medida que ascendíamos por el camino, no tardamos en localizar otras cascadas, una que surgía de la cara norte del Annapurna II, de más de 400 m. de desnivel y aparentemente muy vertical, y un chupón de hielo de unos 200 m. también tieso, que aparecía más abajo.

Óscar en la “Ría de Vigo”

Llegamos a Pisang avanzada la tarde, y en el resto del camino desde Bharthang habíamos localizado otras tantas cascadas de hielo, entre las que elegimos una para empezar.

El 27-1-03, después  de un día de descanso activo, nos dio tiempo a indagar y reconocer nuevas cascadas de hielo cerca de Honge, una de las cuales podía tener unos 600 m. y muros de 90º. Nos decidimos a escalar una de las cascadas que habíamos visto anteriormente.

Curro en los resaltes de “Ría de Vigo”

Tras 5 horas, 400 m. de desnivel y 80º de dificultad, nació “Ría de Vigo”, la primera de nuestras cascadas en el valle de Manang.

La cascada de “Ría de Vigo”

Después de un día de descanso, secado de material y demás, partimos de nuevo a intentar escalar otra vía. Esta vez fuimos dirección Honge, nos aproximamos sin ninguna dificultad hasta el pie de la cascada. Escalamos unos sucesivos resaltes de hielo hasta llegar a un plató dominado por un largo y tieso muro. Así, tras 250 m. de desnivel nació la vía “Flamini”.

Todo marchaba bien, cascadas grandes y jugosas a doquier, con aproximaciones aparentemente lógicas, y nosotros a tope, ¿qué podía pasar…?

Aproximación a la entrada de la cascada “Flamini”
Cascada “Flamini”

Unas inoportunas nevadas, que nos hicieron imposible volar desde Honge a Pokhara con la consecuente pérdida de cuatro días de bajada, y las “calurosas” temperaturas, ya que el invierno estaba terminando, nos revolvieron el apretado programa.

Ya que las nevadas no cesaban, decidimos descender, para ganar tiempo en la bajada e intentar las cascadas situadas en Bharthang.

Al llegar al poblado, vestido de blanco en vez de ocre, nos percatamos de que al “velo de novia”, se le había desprendido gran parte de su sección final. Además, el acúmulo de nieve era importante.

Despidiéndome por esta vez del Himalaya

Llevábamos un día esperando la mejoría de las condiciones meteorológicas y decidimos partir hacia el encuentro de la gran cascada que descendía del Annapurna II. La aproximación resultaba complicada, con la nieve por la rodillas, adentrándonos en una pequeña garganta de paredes empinadas por donde transcurría un riachuelo embravecido.

Después de unas horas y un signo inequívoco de que habíamos confundido el acceso, decidimos dar marcha atrás y perder nuestro último día”.

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