Correr sin dorsal, la maratón de la Sierra del Rincón

Por: Curro González, sobreescalada.com

Hay momentos en que la vida se estrecha voluntariamente a un solo sitio; ese lugar es la montaña desde hace años. 

No por huir de nada, ni por buscar una fotografía o un resultado para enseñar, sencillamente porque allí me encuentro con preguntas que en ningún otro lugar aparecen.

En los últimos meses, casi todo lo demás lo he ido dejando de lado: días que se convierten en kilómetros, semanas que se miden en desnivel positivo, madrugadas, noches largas y miles de metros que se acumulan en las piernas. 

Todo para prepararme para una actividad que, lo sé, va a cambiar mi forma de ver la montaña. Una de esas ideas que genera tantas ilusiones como dudas, me hace temblar y, al mismo tiempo, me hace dudar sobre si estaré a la altura. 

Supongo que por eso me atrae; todo lo que me desafía siempre ha sido así.

Soy exigente conmigo mismo, más de lo que probablemente debería. Hay veces que esa exigencia deja de ser una herramienta y se convierte en un lugar incómodo del que cuesta salir.

Ojalá mi validación dependiera de los demás, sería todo mucho más sencillo… Pero nunca ha sido así; siempre he sido yo quien ha puesto el listón, quien ha decidido cuándo algo era suficiente y, casi siempre, quien ha pensado que aún faltaba un poco más.

La maratón de la Sierra del Rincón era el último gran entrenamiento antes de ese objetivo que me viene rondando la cabeza desde hace meses. 

No se trataba de cronos, no necesitaba una marca, buscaba sensaciones. 

En la cumbre de la Peña Centenera

Comprobar que el cuerpo reacciona cuando deja de estar a gusto, de confirmarme que puedo mantener muchas horas de esfuerzo sin dejar de disfrutar, de terminar el día con la sensación de estar preparado.

La jornada comenzó en el collado de Fragüela. La noche todavía cubría la sierra mientras ascendía hacia al collado de la Tiesa y la cima del Pico de la Cabra

Hay una calma especial cuando el frontal es la única luz y el mundo se reduce al siguiente paso.

Las noches no se luchan, se pasan; es algo que aprendí desde muy joven colgado de las entrañas de la norte del Cervino en invierno. Desde entonces entendí que la oscuridad no es un enemigo, sino una parte más del camino, y de poco o nada sirve resistirte.

Al llegar a la cumbre, la montaña decidió recordarme que ella era la que estaba al mando. La tormenta se presentó sin casi dejar tiempo: Viento, lluvia, frío, fueron minutos de incertidumbre, de tomar decisiones sencillas y seguir adelante sin perder la calma.

A veces, la diferencia entre seguir adelante o darse por vencido no está en la fuerza, sino en la paciencia.

Pasado ese momento, la sierra se volvió a abrir.

Esa larga línea imaginaria que une las montañas del cordal hasta la Peña Centenera, tiene principio en el Puerto de la Puebla.

Atrás quedó ya la Peña de la Cabra, pasé por el Alto de Porrejón, Peña Hierro, Cabeza del Estilo, Pinhierro, el Chimorro, el Pico de la Tornera, una sucesión de pequeñas cimas y collados que obligan a subir y bajar sin descanso antes de llegar a la Peña Centenera y colindantes.

Terreno técnico, roca, senderos estrechos y ese equilibrio permanente entre avanzar rápido y no caer en errores.

Con el cielo ya despejado, las vistas se abrían hacia el pantano del Atazar, Ayllón, el Ocejón y la inmensidad de una sierra que parece cada vez más grande cuando se recorre a pie.

La bajada a las proximidades de El Atazar fue rápida, una vez más uniendo las cumbres del cordal de la sierra. Las piernas respondían con esa ligereza que sólo aparece cuando todo empieza a encajar después de muchas horas, pero la montaña siempre tiene algo guardado para el final.

Con el calor ya instalado, la subida a Cabeza Antón fue probablemente el momento más duro del día.



No había épica en la subida, solo respiraciones profundas, pasos cortos y la voluntad de seguir adelante.

Luego vino la larga bajada por ese camino reseco y maltratado que parece interminable hasta llegar a las orillas del pantano del Atazar. Y desde ahí el último esfuerzo para volver al collado de Fragüela, cerrando así éste círculo imaginario.

Terminé con una sensación difícil de explicar: paz, fortaleza y la tranquilidad que aparece cuando el entrenamiento confirma lo que la cabeza llevaba tiempo esperando escuchar.

Y, sin embargo, esa fortaleza contrasta con la realidad; lo que tengo por delante es infinitamente más grande que esta jornada.

Este recorrido, con toda su dureza, apenas es una nota al margen del verdadero reto. Lejos de asustarme, esa idea me coloca en mi sitio.

Quizá por eso sigo volviendo a la montaña, nunca he encontrado otro lugar donde sentirse pequeño resultara tan liberador.

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