Bike-ski la Maliciosa

Antes de continuar, un aviso breve al lector: el texto que sigue tiene cierta inclinación por ideas como los sistemas no lineales, los estados de la materia y las dudas constantes sobre si algo sigue existiendo igual cuando nadie lo observa. No es necesario comprender todo; no parece que el texto lo haga tampoco.

Por: Curro González, sobreescalada.com

El aire de La Pedriza se torna menos denso, ahora que todo parece llegar a su fin.

Es aparentemente una transición paulatina en la composición: hay menos partículas de frío seco suspendidas y más humedad que empieza a asentarse en las superficies (la Primavera).

El olor deja de ser inerte, la tierra, que había sido compactada por ciclos de congelación, se vuelve menos rígida.

La pista de las Zetas no muestra una transición clara entre estaciones, pequeñas corrientes de agua que no terminan de ser escorrentía coexisten con el polvo acumulado a lo largo de meses.

Las estrechas ruedas de la bicicleta cruzan por ese estado intermedio en el que la fricción varía en función de milímetros.

No hay contacto constante: en algunos lugares, la rueda se hunde solo un poco; en otros, se desliza sobre una capa que aún es rígida. La materia no actúa como un bloque, sino como un sistema de probabilidades.

El peso del equipo de esquí en la espalda introduce una nueva variable.

No es únicamente peso, sino que se trata de una redistribución del balance. El centro de masas se mueve hacia atrás, lo que obliga a rectificar la posición en la bicicleta en cada sección de pendiente (una constante en los primeros kilómetros de la ruta).

La energía requerida para progresar no es constante; está sujeta a ajustes que nunca llegan a ser conscientes (antes de formularlas, el cuerpo hace correcciones).

Conforme se asciende hacia el collado de los Pastores, surgen las últimas pendientes cubiertas de nieve.

No se tratan de extensiones constantes. Son áreas, secciones que han perdurado debido a la orientación, a la sombra o a una mezcla de factores que no pueden ser completamente separados.

La nieve no es homogénea, está compuesta de estratos con diversas historias térmicas. Algunas se hunden bajo el peso, mientras que otras mantienen su estructura compacta. El paso sobre ellas es una negociación entre la presión y el sol.

En ese contexto, la percepción no es un extra, sino un requisito.

La superficie de la nieve, antes de ser transitada, es un conjunto de posibilidades en donde puede aguantar o puede ceder.

La observación, tanto visual como táctil, disminuye esas posibilidades, pero no las suprime del todo.

La realidad no se establece, sino que se delimita.

El ascenso a La Maliciosa con esquís de travesía es un proceso repetitivo: Deslizamiento, carga, transferencia de peso, deslizamiento, carga…



En la cumbre de la Maliciosa no hay un cambio brusco, la panorámica extiende el campo de datos, pero no cambia las reglas.

El descenso en esquí implica velocidad, y esta conlleva una relación diferente con la materia. La nieve reacciona de manera diferente cuando se encuentra bajo niveles altos de energía cinética. Ahora, las anomalías que anteriormente obligaban a una pausa se incorporan en el camino. No desaparecen, sino que se integran al movimiento.

La nieve queda atrás al final del trayecto, aunque no se va completamente.

El aire ya no huele igual que al principio. No porque haya cambiado radicalmente, sino porque las proporciones han cambiado lo bastante como para modificar la percepción.

Nada se acaba completamente.

Todo se mueve hacia una configuración diferente.


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