

Por: Curro González, sobreescalada.com
Existen momentos y días inolvidables pese al esfuerzo y sufrimiento que en el transcurso de las horas vividas durante ese tiempo, pudiéramos haber pasado.
A veces no son los más cómodos ni los más fáciles, pero se quedan guardados en algún lugar especial de la memoria.
Recuerdo uno de esos en La Pedriza.
Aquel día, a punto de cumplir trece años, me parecía un desafío casi imposible: escalar lisas rocas que desde el suelo parecían enormes, correr por caminos de piedra que salvaban grandes desniveles y mantener el ritmo de Ojos claros y Lobuno, quienes avanzaban con tal templanza y seguridad, que todavía no podía comprender.
El sol brillaba con intensidad, pero no quemaba.
El cielo se hallaba despejado y, al observar el horizonte, las montañas aparecían con cumbres blancas, aún tapizadas de nieve.
Sentía que era parte de algo grande, pero al mismo tiempo me sentía pequeño; había algo en ese contraste que me hacía sentir extraño.
El ascenso fue duro, las piernas pesaban y el corazón palpitaba con excesiva rapidez.
Sin embargo, con el tiempo dejé de pensar en cuánto me faltaba y comencé a concentrarme en dónde ponía el pie, en cómo escuchar la respiración y sincronizarla con el movimiento.
Lobuno no me hacía discursos extensos; únicamente me decía: «Observa el paso siguiente, no toda la subida, ya estamos casi». Y eso lo transformó todo.
Una vez en la cumbre, desde la cual se podía observar el valle como un mapa y casi alcanzar con las manos las nevadas y altas cumbres, comprendí algo simple: que frecuentemente pensamos que no podemos con algo solo porque lo vemos completo, como si fuese una montaña insuperable. Pero, si lo fraccionamos en pasos pequeños, ya no es tan inmenso, es más alcanzable.
Quizá no fue un día glorioso ni heroico, quizá no obtuvimos nada excepcional, pero mientras descendíamos con el sol a nuestras espaldas, proyectando sombras largas entre las rocas, experimenté un sentimiento de orgullo.
No porque haya sido el más veloz ni el más fuerte, sino porque me mantuve firme cuando tenía más deseos de rendirme.
A los trece años, no se reflexiona sobre lecciones de vida significativas. No obstante, en ese día entendí que el esfuerzo no es siempre un obstáculo para disfrutar; en ocasiones es la vía para comenzar a comprender.
Y que compartir el cansancio, la calma y las vistas con las personas a quienes quieres hace que cada momento se convierta en algo digno de ser recordado.
Foto: En la cumbre del Yelmo.



Ficha Técnica
La actividad que proponemos es una forma algo diferente de ascenso a la conocida ruta Valentina al Yelmo.
Nosotros realizamos la actividad en la modalidad corre-trepa (correr lo que se puede en al ascenso y descenso y escalar), aunque se puede realizar perfectamente andando.
La aproximación la realizamos desde las inmediaciones del parking de la conocida Raja o los Algibes, ascendiendo hasta las Pirámides, para más tarde conectar con el marcado PR que asciende desde el Collado de la Dehesilla a la altura de la Cara.
Ascendiendo por la Valentina. Foto: I. Gutiérrez
El ascenso al Yelmo lo realizamos por la conocida vía de escalada Valentina, una sencilla trepada que conviene asegurar con cuerda a neófitos en la materia (algún paso aislado expuesto).
Si quieres más detalles de la ruta:
El descenso lo realizamos por el Collado de la Dehesilla para conectar cómodamente con las pistas del inicio de la ruta.
Una de las peculiaridades de la ruta es la soledad del paraje, que bien hace que merezca la pena elegir esta vertiente, igualmente singular, es el bucólico emplazamiento de las conocidas Pirámides de la Pedriza.
Una muy buena alternativa para distanciarse un poco de lo más conocido, o como alternativa a cuando los accesos y parkings de las rutas clásicas se encuentran llenos.
Descarga track e información de la ruta

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