
Por: Curro González, sobreescalada.com
En la Pedriza, donde el granito enseña sin gritar, hay una lección que no se mide en grados ni aparece en las guías.
La roca no presume; está ahí sin importarle el ego, los aplausos o la necesidad de ser observada.
Y, sin embargo, alrededor de ella se ha ido tejiendo un relato paralelo, una liturgia de gestos y palabras donde algunos confunden la delicadeza de la adherencia con la rigidez de una pose, y el compromiso con la altura del número que se escribe al final de la vía.
No es un fenómeno exclusivo de la escalada, pero aquí se vuelve más visible.
Quizá porque la adherencia requiere silencio, escucha, una negociación íntima con el miedo y el equilibrio; y porque ese diálogo interno es incómodo para quien necesita que el mundo le devuelva un reflejo inflado.
Así surgen los egos: caminando erguidos como mochilas excesivamente cargadas, hablando de dificultad con la solemnidad de alguien que defiende un dogma, midiendo al otro con una cinta invisible que siempre acaba en comparación.
Las mentiras rara vez son explícitas. Son pequeñas exageraciones, grados estirados, caídas omitidas, condiciones “perfectas” que nadie más recuerda.
Mentiras suaves, casi piadosas, que sirven para tapar un querer y no poder más profundo: el deseo de ser alguien a través de la vía, de llenar con chapas y reseñas un vacío que no se nombra.
Porque hay carencias que no se resuelven con más fricción ni con un pie mejor colocado; carencias que se disfrazan de arrogancia cuando el silencio aprieta.
Foto: Susanasiscart
Las falsas apariencias se sostienen con rituales: la frase justa en las redes, la crítica precisa a la línea ajena, el desprecio elegante por lo que no encaja en el canon.
Se abanderan de la adherencia como si fuera un título nobiliario y del grado como si fuera una frontera moral. Y en ese gesto se pierde algo fundamental: la personalidad, que no se forma a base de repetir consignas ni tratando de imitar héroes de postal, sino aceptando la propia fragilidad y el propio ritmo.
La Pedriza, paciente, sigue ahí. Enseña a quien quiere aprender que el equilibrio no se impone, se encuentra; que la fuerza sin sensibilidad resbala; que el paso más difícil a veces no está en la placa, sino en renunciar a la necesidad de demostrar.
Quizá por eso resulta incomoda: porque desnuda. Porque recuerda que escalar no es vencer, sino convivir; no es elevarse por encima de los demás, sino ponerse a la altura de uno mismo.
Quizá algún día el ruido disminuya, las palabras se vuelvan más honestas y los grados recuperen su papel humilde de herramienta, no de bandera.
Tal vez entonces la adherencia retome lo que siempre fue: un acto de confianza humilde, un diálogo sincero con la roca y con los propios límites.
Entretanto, el granito esperará pacientemente a que el ego se canse de hablar y deje, por fin, espacio para escuchar.
