Correr y escalar en la Pedriza, el Centinela y el Cáliz

Por: Curro González, sobreescalada.com

Cada vez estoy más seguro de que la felicidad no existe como tal, es imposible que este estado emocional perdure en el tiempo como el dolor o el sufrimiento, algo totalmente tangible y cuantitativo que de seguro todos nosotros somos capaces de identificar. Sabemos perfectamente si el dolor es intenso o tenue, si sufrimos por ello o no, pero sabemos realmente si somos felices y cuánto?

Podríamos decir que la felicidad es el espacio de tiempo en el que dejamos de padecer, de sufrir por culpa de terceros o autoinfligidos por nosotros mismos, un hecho cada vez más efímero en el tiempo e incluso imperceptible por culpa de todos esos “lastres” que el ser humano ha ido acuñando a lo largo de esta corta, pero intensa evolución sociocultural.

Es increíble cómo hemos transformado nuestra capacidad perceptiva para asimilar emociones básicas a un auténtico “centro de control neurálgico” capaz de gestionar este continuo bombardeo sensorial al cual estamos sometidos. Y no es de extrañar que muchos anden totalmente perdidos o confusos, como una ballena jorobada desorientada por el entramado de campos magnéticos que surcan las profundidades del océano, y se queden, varados en la orilla de la playa esperando la muerte.

La vida debería ser más sencilla.

De todas aquellas actividades primitivas que nos aportan felicidad a Oli y a mi, se encuentran la escalada y el correr por la montaña, algo sumamente necesario para la supervivencia en aquellos ancestros tiempos y tan olvidado en los modernos. Y aunque en algunos momentos en la práctica de estas actividades sintamos sufrimiento e incluso dolor, la balanza siempre se declina hacia esa quimera llamada felicidad.

De todas las formaciones características y representativas de la Pedriza, siempre me había llamado la atención dos de ellas, quizás porque nunca las había escalado, o quién sabe?, tal vez influenciado por la fama que las precede.

No tardamos en pensar la posibilidad de enlazar estas dos cortas escaladas que ascienden a estas anecdóticas y características formaciones rocosas tan conocidas, así que mucho antes de que vinieran los calores veraniegos metimos lo necesario en nuestras hiperligeras mochilas y nos lanzamos a ello.

Comenzamos en el Tranco, ascendimos el empinado camino marcado que nos deja en las inmediaciones del Yelmo, para más tarde continuar en busca de su cara norte, concretamente la vertiente que desciende hasta el otro valle, la conocida Umbría de Calderón.

El Centinela es inconfundible, de todas sus rutas la más clásica es la arista Noroeste, una antigua burilada reequipada que en estos tiempos no supone un gran reto, tan solo la satisfacción de observar semejante paisaje ya es pretexto suficiente como para querer escalarla.

Desde el mismo Centinela parte un empinado camino que desciende bruscamente por la Umbría Calderón hasta el mismísimo Tolmo, en donde retomamos los conocidos caminos de la “autopista” para al poco, desviarse nuevamente por terreno ascendente hasta el Collado Cabrón, un corto pero exigente trayecto.

Desde el mismo collado tenemos dos opciones para llegar al Cáliz, la más corta sin duda es a través del Cancho de los muertos, la más larga (la que seguimos nosotros), por el amplio camino que desciende hasta Cantocochino hasta buscar un pequeño y poco marcado sendero que a media ladera que nos deja justo en sus inmediaciones.

El Cáliz es otra de esas conocidísimas formaciones rocosas que tanta fama le han dado a la Pedriza, realmente se trata de una corta ascensión que te deposita en este peculiar mirador. Tras la escalada reiniciamos el descenso hacia Cantocochino, para más tarde recorrer las orillas del río Manzanares hasta el lugar de origen.

Si me preguntáis si soy feliz no sabría qué contestar (seguramente tendría dudas a la hora de responder), de lo que sí estoy realmente seguro es, lo que me aportó estas poco menos de cuatro horas de actividad junto a Oli.

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